Jorge Varona Rodríguez
Aguascalientes, Ags, 15 de febrero 2016.- (aguzados.com).- La pobreza es una epidemia global que se expande hacia los más, a la misma velocidad que crece la riqueza y se concentra en los menos.
La pobreza nos sólo es la ausencia o la precariedad de recursos, sino la limitación social de capacidades y de libertad plena para ejercer derechos fundamentales. Es un fenómeno multifactorial y está asociado a una serie de problemáticas que inhiben el desarrollo y deterioran la convivencia social, ya que la degradación del medioambiente, la sobreexplotación de los recursos, el crecimiento poblacional, la violencia y el consumismo sin freno contribuyen directamente a la expansión de la miseria, las enfermedades, el hambre, la escasez de oportunidades educativas, la prevalencia de muertes prematuras y la falta de condiciones para la vida digna.
Es un asunto de desigualdad y exclusión. Un informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo señala que en la actualidad cerca del 75 por ciento de los habitantes del planeta vive en sociedades cuyos ingresos están distribuidos de manera menos equitativa que hace dos décadas. En el escenario global, Latinoamérica es actualmente la región más desigual.
En nuestro país, como lo indica el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL), en 1992 vivían en pobreza alimentaria aproximadamente 18.6 millones de mexicanos. Para 2012, la cifra aumentó a 23 millones. Asimismo, la pobreza de capacidades se elevó de menos de 26, a cerca de 33 millones de personas. En los últimos años se ha frenado la tendencia pero este esfuerzo aún resulta insuficiente para impactar en la disminución de la pobreza patrimonial y de capacidades.
Si bien los resultados más recientes que ha dado a conocer el CONEVAL, revelan que Aguascalientes tuvo un importante avance en la disminución de la pobreza y la extrema pobreza, difícilmente podemos incidir en revertir la tendencia global del crecimiento de la desigualdad. Si la economía se ha globalizado, las acciones para equilibrar los desajustes e inequidades del crecimiento también tendrán que ser globales.
Se calcula que más de dos tercios de la riqueza mundial se concentran en la décima parte de la población y, por otro lado, sólo el uno por ciento de la riqueza le pertenece a la mitad menos favorecida de los habitantes del planeta.
El economista Thomas Piketty analizó datos de dos siglos y medio para medir la distribución de la riqueza y, en 2014, publicó los resultados en su libro El capital en el siglo XXI. El hallazgo más importante fue comprobar que la tasa de crecimiento de la economía es inferior a la acumulación de la riqueza. Es decir, ha aumentado más rápido la desigualdad que la riqueza de las naciones. Otra aportación relevante indica que, proporcionalmente, en las actuales condiciones del sistema económico, el esfuerzo y el trabajo de toda la vida de una persona común no superan el valor que produce la riqueza heredada –la fortuna familiar que se transmite y concentra de generación en generación–. En otros términos, las posibilidades de movilidad social disminuyen cada vez más en tanto los dividendos generados por la herencia son cada vez mayores a los que se producen por el conjunto de energías productivas e innovaciones sociales de quienes no heredan. En pocas palabras, el dinero genera más dinero que el trabajo.
La violencia y la pobreza son pares que van de la mano. Las sociedades pagan el costo de limitar sus capacidades de crecimiento y desarrollo al no contar con comunidades seguras. El combate a las organizaciones criminales y los conflictos bélicos son más onerosos para las naciones que la inversión necesaria para contrarrestar múltiples causas de la pobreza. La generación de un bienestar sostenible necesariamente nos debe convocar a desarticular las distintas formas de violencia.
Un reporte del Banco Mundial presenta el cálculo de lo que se podría realizar con una décima parte del gasto militar internacional. Sumando la inversión pública que se destina actualmente en cada rubro en todo el planeta, estos recursos completarían las necesidades globales de salud médica, reproductiva y nutrición básicas, la provisión de agua y saneamiento, así como la cobertura total de la educación inicial para la niñez. La humanidad creó la pobreza y cuenta con los recursos y la capacidad para atacar sus causas.
Mejorar el ingreso y la calidad de vida de las personas en México, superar cualquier clasificación de pobreza, además de fortalecer los programas sociales para que sean habilitadores de capacidades y subsanar las condiciones básicas para garantizar el bienestar, nos llama a replantear la figura del salario mínimo. Habrá que tener en cuenta que si decidiéramos unilateralmente incrementar el salario mínimo, sin lograr un consenso con los países en desarrollo, al punto de equipararlo a una renta básica como expresa la Constitución, más que beneficiar al asalariado, se generaría una fuga masiva de capitales y al mismo tiempo una espiral inflacionaria, dado que el propio sistema ha reducido el trabajo a una mercancía más, un insumo que se buscará en cualquier lugar al mejor precio.
El sistema económico global no ha sabido superar sus propios desafíos. Y no se resolverán solos. Por ello, la reforma social que exige el país, debe contemplar el desarrollo humano integral y el bienestar como eje central de toda política pública. Y más aún, será indispensable vincular la seguridad pública con la gobernabilidad democrática y el Estado de derecho con la estabilidad social.
La corresponsabilidad social es fundamental para neutralizar la pobreza y las desigualdades. La suma de esfuerzos es tan necesaria como la integración de sistemas fiscales equilibrados y progresivos que tengan como destino la justicia social y el bienestar colectivo.
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