Jorge Varona Rodríguez
Aguascalientes, Ags, 12 de septiembre 2015.- (aguzados.com).- La independencia nacional no únicamente representa un rompimiento con el dominio de España, que emancipa y da autonomía a México, mucho más que eso, constituye la adopción de un nuevo régimen. Es la lucha permanente, día a día, para preservar la autonomía y fortalecer la soberanía, haciendo frente, por más de 200 años, a diversas fuerzas opuestas al interés superior de la nación.
La clave histórica de la independencia de México, se centra en la adopción de un régimen liberal democrático de derecho. No sólo es un evento del pasado, en el cual la nación se desprendió del yugo de un imperio monárquico, se fundamenta en una república de iguales en firme ejercicio de independencia y en procuración constante del bienestar y la equidad social.
Hoy sabemos que don Miguel Hidalgo y Costilla y un importante grupo de independentistas, compartieron las ideas de un insigne aguascalentense, el licenciado Primo de Verdad y Ramos, síndico del ayuntamiento de México, quien fuera encarcelado y asesinado en 1808 por proponer, la sustitución de la dependencia monárquica por una soberanía popular. Un demócrata de su tiempo con visión de futuro, cuyos ideales acompañaron la causa independiente.
Al final de la primera década del siglo XIX, la vida nacional se transforma. México no se encierra en sí mismo. Se abre a las nuevas ideas que hay en el mundo. En los albores de la lucha armada, se deliberan pensamientos democráticos, se plantea la división de poderes, los derechos humanos surgen como un tema central para la naciente nación que aún consentía la esclavitud.
Tres años después del Grito de Dolores, el acto emblemático encabezado por Miguel Hidalgo y Costilla, que marca el inicio de la guerra de independencia, José María Morelos y Pavón convoca a un congreso constituyente, el cual inicia en Chilpancingo y concluye en Apatzingán. Fue y es una clara demostración histórica del verdadero sentido y la naturaleza esencial de la independencia, del anhelo de un pueblo que se desprende de la dominación y se torna soberano. Unión emancipadora de pensamiento y acción, que se aboca a materializar la independencia en derechos sociales.
Morelos, a quién reconocemos como el Siervo de la Nación, sabía perfectamente que independizarnos de España abría la gran oportunidad de estructurar con hondura al país. En ese sentido, los ideales liberales, democráticos y sociales, se convirtieron en los cimientos sobre los cuales comenzó la construcción del México independiente.
Los Sentimientos de la Nación, es el documento que redacta Morelos para iniciar los trabajos del congreso. Representa una trascendental aportación de filosofía política y bases jurídicas de gran contenido social. Integra las ideas esenciales que dan verdadera vida a nuestra independencia.
El texto plantea que la soberanía proviene del pueblo y la división de poderes. Postula que las leyes a redactar por los constituyentes “obliguen a constancia y patriotismo, moderen la opulencia y la indigencia, y de tal suerte se aumente el jornal del pobre, que mejore sus costumbres, alejando la ignorancia, la rapiña y el hurto”. Expone “que la esclavitud se proscriba para siempre, y lo mismo la distinción de castas, quedando todos iguales, y sólo distinguirá a un americano de otro, el vicio y la virtud”.
Las libertades civiles y los derechos políticos, postulados por la democracia liberal se enriquecen con los derechos sociales plasmados en los Sentimientos de la Nación, en la inteligencia de que la suma de derechos integra el aglutinante que une a un pueblo soberano.
Los mexicanos de hoy, como herederos de nuestra historia, tenemos la encomienda de defender con firmeza nuestra autodeterminación, la unidad nacional –unidad, que no uniformidad– y perseverar en la construcción de un país con mayores niveles de bienestar y con pleno respeto a los derechos humanos de la vasta diversidad que integra México.
“La intolerancia sería el camino seguro para volver al México bronco y violento”, nos advirtió don Jesús Reyes Heroles. Por ello, el reto y la virtud de la causa democrática se significan en la labor constante que construye civilización, que combate la desigualdad social, crea ciudadanía, escucha, integra y amplía la participación.
Para hacer más extenso y sostenido el beneficio común, es indispensable que retomemos lo mejor de nuestro pasado y lo proyectemos hacia el porvenir mediante la confianza, el trabajo tenaz, la construcción de consensos y la expresión práctica de la solidaridad y la dignidad humana.
El 16 de septiembre de 1810, simboliza el inicio del caminar de un pueblo, que sumó coraje y valor, para conseguir su independencia y transformarse en una nación que vive en libertad, bajo el amparo de la justicia y el respeto a la dignidad de las personas. Es decir, la independencia no es un hecho que concluyó en el pasado, es origen y recuerdo vivo, que nos reclama una lucha en defensa de la soberanía y la construcción de un mejor porvenir.
Al rememorar nuestro pasado e ir recorriendo la evolución democrática del país, resuena la voz profunda de nuestro pueblo. Nos llama a no traicionar nuestros orígenes y continuar forjando una nación de individuos libres que ejercen sus derechos sociales.
Como señaló don Benito Juárez: “La democracia es el destino de la humanidad futura, la libertad su indiscutible arma; la perfección posible, el fin a donde se dirige”.
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